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El artivismo como nueva herramienta política, didáctica y cultural.

Propuestas artísticas para analizar el presente y sus posibles consecuencias. 

Raúl Armando Amorós Hormazábal

Analizar los escenarios artísticos de la actualidad equivale a adentrarse en un campo empírico repleto de variables, puntos de vista y posibilidades heterogéneas vinculadas a los procesos políticos que cada región global padece. Las jerarquías semióticas de la cultura posmoderna están en continua mutación y no delimitan ya el camino que los artistas, intelectuales o creativos deben o pueden seguir. Sin embargo, en este panorama podemos evidenciar una constante de acción o nueva tendencia: el arte político, o mejor aún, el artivismo. Los protagonistas de esta nueva forma de arte se encuentran entre las filas de aquellos artistas que, de una manera u otra, manifiestan sus propuestas, testimonios y pensamientos sobre todo tipo de urgencias ambientales, sociales y culturales a través de acciones artísticas, sirviéndose de todo tipo de materiales o soportes, desde los tradicionalmente conocidos hasta las nuevas tecnologías digitales. Así pues, el paradigma contemporáneo es puesto en jaque por aquellos artistas que vienen renovando la gramática visual desde hace años y proponen hipótesis que nos permitirán quizás vehicular nuestros compromisos civiles con el mundo como totalidad y poder dar lugar a un nuevo presente.

Cabe destacar que esta tendencia ya había sido analizada en el pasado, a veces de manera superficial y otras con agudeza, como el caso del notable ensayo “Trojan Horses: Activist Art and Power” de Lucy Lippard, publicado en 1984. Lippard argumentaba allí que el artista activista no podía ceñirse, en términos funcionales, a un estilo específico, sino que sus acciones se proyectaban más allá de la cornisa o beyond the frame, sin necesidad de pedestal alguno. Otro trabajo que merece una nueva ronda de estudio es Arte e linguaggio della politica de Francis Haskell, publicado en 1978. Haskell nos presenta una historia social del arte y analiza las experiencias artísticas en relación con los fenómenos de difusión, recepción y contextos de producción. Se sigue de ello que la interpretación de una obra dependerá de la interacción de todas las partes.

En estos pioneros enfoques se esbozan las difíciles relaciones actuales entre arte, política y compromiso civil que son el eje fundamental, aunque no el único, del último libro del autor italiano Vincenzo Trione, Artivismo. Arte, politica, impegno. En las 217 páginas del libro (compuesto por un prólogo, siete capítulos y un epílogo) se encuentran expuestas minuciosamente las tesis de Trione sobre esta nueva forma de arte político, sus causas y posibles consecuencias a partir de casos específicos (acciones, instalaciones, muestras y manifestaciones) desde una mirada internacional. Los análisis propuestos representan el resultado tangible de las recientes investigaciones del autor como profesor ordinario de historia del arte contemporáneo, arte y medios en la Universidad IULM de Milán, como curador en museos italianos y extranjeros, y como director de la célebre enciclopedia italiana Treccani de arte contemporáneo.

Examinar con el rigor que aplica Trione un fenómeno amplio como el arte político del siglo XXI es digno de reconocimiento, aunque el libro no se limita a ofrecer un panorama sinóptico. Más bien, Trione plantea una serie de interrogantes estéticos basados en atestaciones y experiencias sociales que vehiculan con suma eficacia las preguntas —y posibles respuestas— del lector. Para ello el autor apuesta por una ecuación contracorriente: analiza y cita artistas que desarrollan sus actividades fuera del sistema hegemónico tradicional y evidencia, al mismo tiempo, su dificultad como modo de documentar y dar un significado a la realidad posmoderna.

En este andén paralelo, sostiene Trione, se refugian aquellos artistas que optan por el silencio como gesto poético y político ante el avance inexorable de la globalización y se oponen al alboroto mediático sin anular en lo absoluto el lenguaje, que muy por el contrario trascienden y potencian. Esta interesante contradicción es un elemento fundamental del entramado crítico-fenomenológico de la obra, que en sus páginas se aleja de la retórica moralista tradicional e intenta combinar estética y ética a través de recursos bibliográficos usados de forma inteligente y detalladas descripciones de obras que giran en torno al nexo entre arte, política y compromiso social.

“Artivismo” es una palabra compuesta que conjuga otras dos: arte y activismo, con todo lo que ello implica, ocasiona y crea. Para quien se mueve en el campo de la comunicación visual, el acrónimo resulta una herramienta indispensable para imaginar otros presentes e intentar entender la realidad que nos rodea. Así, Trione nos recuerda que los artivistas se interrogan sobre algunas emergencias de nuestro tiempo y se comprometen en “actos concretos, valientes y visionarios”. Su argumento es polémico y constituye, para quien desee realizar futuras investigaciones al respecto, un andamiaje necesario para el debate sobre el rol del arte actual. Trione elenca claramente los protagonistas del corpus teórico-interpretativo: analiza artistas, intelectuales y activistas comprometidos con una causa y nos propone un acercamiento a las prácticas culturales seleccionadas desde un punto de vista analítico expuesto a lo largo de los siete capítulos que constituyen el trabajo. De este modo expone cómo la tendencia del arte político se cristaliza a través de proyectos colectivos, instalaciones o performances para debatir y documentar el drama de los inmigrantes, las cuestiones ambientales y ecológicas, o los problemas sociales en barrios periféricos africanos, asiáticos o latinoamericanos.

El segundo capítulo aborda un pilar teórico de la propuesta: el rol del artista contemporáneo, que evoca la presencia del artista-político, artista-intelectual y artista-activista. En este punto es importante considerar el pensamiento crítico de los protagonistas expuestos en este capítulo: figuras como Ai Weiwei, Hito Steyerl o Banksy, para quienes, según Trione, la política es un “campo del accionar humano y condición irreversible del hombre”.

El tercer y cuarto capítulo abordan experiencias y proyectos que exhortan a mirar hacia África, Asia y otras regiones en vías de desarrollo. Trione aplica el pensamiento filosófico de Baudelaire, Benjamin o Adorno para entender la historia reciente de las periferias postcoloniales y crea así un entramado de testimonios sobre migraciones, viajes y desigualdades, sobre todo en el marco del arte africano contemporáneo. Se hace especial referencia a la situación de migrantes africanos hacia Europa y centroamericanos hacia Estados Unidos a través de las obras de Abel Abdessemed, Mimmo Paladino o el célebre director mexicano Alejandro González Iñárritu. El capítulo 4, intitulado “Poéticas el Antropoceno”, constituye, desde nuestro análisis, la encrucijada de la investigación: teorías y resultados se resumen allí de manera pragmática y eficaz, ya que el autor acude a una serie de planteamientos filosóficos sobre el futuro del artivismo que, a medida que nos adentramos en las conceptualizaciones propuestas, dan paso a respuestas a los posibles interrogantes. El escritor evidencia con sagaz utilidad el concepto de anima mundi, propuesto por James Hillman, que exhorta a crear espacios para la reflexión, afianzando al mismo tiempo la responsabilidad de nuestras miradas y puntos de vista y haciendo eco de artistas clave del panorama actual como Tomás Saraceno, Philippe Parreno, Anicka Yi o Sam Lewitt. En concreto, se nos presenta un cuadro claro sobre el rol de un arte que debe proyectarse hacia la vida sin moldearse o adecuarse a la ideología productivista y buscando más bien construir nuevas disidencias artísticas.

Estas premisas se vinculan de forma directa con los capítulos 5 y 6, donde Trione discute las especificidades del arte callejero, con particular atención al ámbito de los murales, grafitis y performance. El quinto capítulo está casi enteramente dedicado a la pintura urbana: proyectos de arte público para revitalizar el tejido urbano ocupan aquí el corazón del debate, a la par de aquellas intervenciones pictóricas que poco tienen que ver con opciones estéticas o poéticas sino que han sido creadas a raíz de una urgencia comunicativa por parte de sus autores.

El último capítulo cierra la obra con una serie de interrogantes filosóficos sobre la pugna generada por “las arenas movedizas del moralismo, del adormecimiento y de la estetización”. Llegados a este punto del libro podemos afirmar que el autor ha creado minuciosa y progresivamente un museo imaginario de artivistas que intentan construir “trincheras culturales y contestatarias” en el que ocupan un lugar de excepción artistas como Anselm Kiefer o William Kentridge. El hábil y certero uso de recursos bibliográficos y contextuales a lo largo del texto es otro logro a tener en cuenta: se nos ofrece una brújula para reflexionar sobre las variables estéticas y filosóficas que van apareciendo en cada capítulo, y esto nos permite abordar el estudio sin alejarnos de las referencias principales y aumentar nuestro bagaje contextual y cultural sobre el artivismo y sus protagonistas. En definitiva, los temas expuestos en Artivismo. Arte, politica, impegno advierten la necesidad de superar el individualismo evocado por artistas de las vanguardias del siglo XX para plasmarse con el destino del tiempo y dejarse inspirar por el concepto de polis. Esta es precisamente la meta de los artivistas, ya que sus proyectos vienen del mundo, se desarrollan en el mundo y, a veces, intentan producir efectos sobre el mundo. En los apartados finales Trione se opone a la tradición hegemónica cultural y da voz a aquellos artistas contemporáneos que se mueven hacia y por las periferias poscoloniales del Antropoceno.