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Doxa ceramística

Doxa ceramística. Sobre la exposición Piroplástica de Bernardo Montoya, Galería Salón Comunal, Bogotá. Julio de 2024.

Por: Fernando Uhía

Inesperadamente, y como ocurrió hace siglos en diversas culturas, la radical distinción filosófica entre empirismo y racionalismo ha resurgido en nuestro globalizado siglo XXI. El mediatismo actual está involucrado en este nuevo cisma y, en la actualidad, los empiristas son los vencedores de la escisión. Por ejemplo, podemos suponer que, si desapareciera la vida en la Tierra, paradójicamente las cosas que la rodeaban podrían considerarse ahora “avivadas” por un imaginismo mediático en un sentido muy distinto al de la vida biológica tal como la percibe la ciencia, en un sentido más bien fenomenológico.

En la antigua Grecia, Heráclito propuso el fuego como elemento extremo, sin negar la existencia de otros. Lo concebía como el fundador y destructor de todo, un logos móvil e imperturbable en su (in)consistencia y efecto. Más adelante, John Locke le cerró a la percepción el acceso directo al pasado, proponiendo un presentismo totalitario dentro de un esquema guerrerista anticartesiano. Fue Immanuel Kant quien tendió un puente filosófico entre el empirismo inglés y el racionalismo francés, proponiendo una compleja fusión entre ambas corrientes. Sentada la bipolar solución kantiana, fue posible el desarrollo de las revoluciones industriales y científicas, pues sabios y dioses no competían entre sí ante novedades epistemológicas. Sin embargo, aplicando cierto psicologismo jungiano, lo forzadamente fusionado tiende, tarde o temprano, a separarse, y la cultura mediática ha llegado a dividir lo que el culto kantiano unificó.

Después de viajar varias veces a la Luna y no encontrar nada, y sin la tecnología para ir personalmente más allá del sistema solar, la miniaturización electrónica ha creado universos particulares dentro de transmisores celulares. Sin embargo, estos no son realmente universos particulares, sino una única macrocultura psicoanalítica —inflada pero acomplejada— transmitida y regurgitada a trillones de celulares y computadoras personales.

Por ello, la cultura mediática ha despertado nociones prekantianas como la del (neo)empirismo. Si el paraíso es transmisible y transportable en un teléfono celular, la necesidad de una metafísica se autovalida por la verificación electrónica en tiempo real. Y si el mundo se reduce a la microtransmisión, ¿qué ocurre con lo inmenso, con lo que no cabe en un bolsillo, pero sigue martillando el instinto epistemológico, como los mares, los volcanes o el planeta mismo entendido como objeto? Si en menos de un siglo nuestra experiencia vital se ha reducido efectivamente a lo miniaturizado y a lo inmediatamente transmisible, ¿cómo pensar lo enorme y avasallante, lo aparentemente inasible para la electrónica, como el pasado cósmico, el mar, los volcanes, la Tierra, el sistema solar, este universo, otros universos, las galaxias y los largos ciclos galácticos que les otorgan formas dispersas? ¿Cómo pensar los tiempos cuando no haya humanidad? Y ¿cómo concebir lo temporal galáctico sabiendo que la temporalidad terrestre opera de manera diferente a las temporalidades galácticas?

Dentro de esta alta temperatura conceptual opera la obra de Bernardo Montoya en Piroplástica. El tema de la sensación residual humana, la sensación de perdidumbre —esbozada ya por Heráclito y enfatizada en el existencialismo y en Deleuze/Guattari— es el eje central de la exposición. En la muestra Cuerpos celestes YKW de 2019, por ejemplo, se exhibieron pinturas pastosas, gruesos cúmulos de detritus pictóricos en el suelo y un microscopio para observar mini galaxias. Sobre esta obra, Beatriz Eugenia Díaz, en el texto de presentación de la muestra, señaló:

A simple vista podrá ver desprendimientos que presagian la dispersión final. Se preguntará si estaba destinado a ser absorbido por partículas atmosféricas. […] El desvanecimiento podrá durar unos pocos minutos, pero una fuerza que lo elonga actuará haciéndolo perder la noción del tiempo […] ¿Cree haber visto una roca? Era solo polvo cósmico. […] Cada tanto, una corriente perpendicular se reanudará para recordarle que cada forma del mundo es provisional1

Parece que Montoya logró aterrizar en alguna parte o regresar a la Tierra, exactamente en el Cinturón de Fuego del Pacífico, y centró su atención en los numerosos volcanes de ese casquete terrestre. Más que atención, en sus caminatas volcánicas el artista ha adquirido la conciencia de que, geológicamente, nuestra tibia Tierra es un ensamblaje de cuatro casquetes que nunca sabremos si están en proceso de cicatrización o si, en cualquier momento, la erupción de algunos volcanes podría desarmar el planeta en fragmentos irregulares que jamás volverían a unirse2. Con la erupción de un solo volcán, como el Yosemite —que pertenece a este cinturón—, desaparecería la vida en la Tierra tal como la conocemos3, pero quedaría intacta la carcasa planetaria, ya sin los molestos humanos que humanizan todo hasta la náusea. Una repulsión que, en el contexto de la exposición Piroplástica de Montoya, adquiere la connotación poshumana de repulsión cósmica.

¿Es pensable nuestro planeta sin humanos, solo como paisaje donde un solo evento en el que cuatro casquetes, nunca totalmente unidos, podrían continuar formando la Tierra o separarla para siempre? Ciertamente, con los mass media, todo es pensable, imaginable y cinematográficamente rebobinable. Científicamente, claro que sí es posible. Según la teoría vulcanológica —siempre en estado de teoría por la imposibilidad de la humanidad de sondear el centro de la Tierra y de los planetas—, la erupción simultánea de media decena de volcanes en los cuatro cinturones de fuego podría fragmentar el planeta y enviar sus casquetes a orbitar fuera del sistema solar. El estudio de meteoritos enormes, originados de manera similar y observados a larga distancia mediante gigantescos telescopios, es prueba de esta maravilla pirotécnica. Sin embargo, surge una alta probabilidad de que, si todo esto es pensable, también sea posible que nuestro universo visible y el pensamiento sean contingentes: (anti)estructuras ni (im)posibles ni (in)necesarias.

Lo que para los artistas parece una cuestión trivial —pues se separan de sus obras y las perciben como galaxias autónomas—, para los filósofos es un problema fundamental. La filosofía se pregunta si lo creado o lo pensado es realmente separable del creador o pensador, si es posible desligarse espacio-temporalmente de lo pensado o percibido. El filósofo Quentin Meillassoux, en Después de la finitud4, ofrece una respuesta implosiva: es posible pensar en los tiempos anteriores y posteriores a la existencia humana si, y solo si, aplicamos la forclusión; es decir, eliminamos los defectos epistemológicos humanos de la mente para proponer enunciados posmentales. Si pensamos como humanos para llegar a conclusiones poshumanas, o para comprender un cosmos sin humanos. Como mecanismo epistemológico, esto no es muy distinto de lo planteado por Kant, solo que, en la forclusión de Meillassoux —que parece ocurrir dentro de una película de Tarkovsky—, desaparecen las deidades, los humanos y la humanística en general, permitiendo así que el instinto filosófico se unifique con el universo, con o sin humanos.

Piroplástica aborda todas estas cuestiones, pero conviene detenerse un momento en las obras para comprender cómo aparecen, aunque todo podría ser un solo ente piroplástico viviendo su tiempo particular. Montoya amasó y coció miles de pequeñas esferas cerámicas. Con estos módulos, puede formar piezas autónomas o instalarlas en el espacio. Las piezas autónomas son ensamblajes cocidos de esferas que, como entes vivos, adquieren formas diversas dentro de un esquema vertical. Las esferas —como la vida biológica— se estratifican hasta cierta altura sin colapsar. Las esferas sueltas se expanden horizontalmente, como la sopa multidimensional que produce la verticalidad o la sopa del colapso volcánico: el después de la finitud, la eternidad que, como diría Meillassoux, es capaz de entenderse a sí misma sin humanos. Las obras impresas representarían la posibilidad de la cultura, pero, como ocurre con toda obra de arte (y en la distribución genética), y aún más en las obras gráficas, todo podría haber sido impreso de otra manera.

Ciertamente, las galerías de arte son como el papel en blanco o el volcán sin erupcionar. Han servido incluso para hacer arte fuera de ellas. Pero, en este punto del desarrollo del arte, las galerías son entes capaces de autopercibirse, con o sin arte, con o sin humanos. Exposiciones como Piroplástica nos recuerdan que, quizá, nada ha cambiado mucho: en el comienzo hubo barro y al final habrá barro. Y habrá barro sin comienzo ni final, y habrá arte humano sobre el universo sin humanos.

Con la idea de doxa, Parménides quiso criticar a su colega Heráclito. Este se lo tomó en serio y doxificó todo: el acontecer es una idea que ahora, en la era del tiempo real, nos fustiga permanentemente. Puede que, en las galaxias entendidas como unidades autónomas, donde realmente se creó el barro universal, el tiempo suceda sin suceder y sin relojes.

  1. Beatriz Eugenia Díaz, “Cuerpos celestes YKW de Bernardo Montoya,” Salón Comunal,https://www.saloncomunal.co/cuerpos-celestes-expedicion-ykw-000 ↩︎
  2. “El palpitante Cinturón de Fuego,” Natio-nal Geographic España, https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/palpitante-cinturon-fuego_15178 ↩︎
  3. “Estos son 3 de los volcanes más peligrosos del mundo,” National Geographic Latinoamérica, 26 de julio de 2023, https://www.nationalgeographicla.com/medio-ambiente/2023/07/estos-son-3-de-los-volcanes-mas-peligrosos-del-mundo ↩︎
  4. Quentin Meillassoux, Después de la finitud, Buenos Aires: Caja Negra Editora, 2018. Original de 2006. ↩︎